jueves, 29 de marzo de 2012

RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN - sobre Kakka

1912, viaje al año del ‘big bang’ de Kafka
Hace un siglo el escritor vivió una eclosión creativa que cambiaría el rumbo de la literatura. El atormentado literato facturó 'Contemplación', 'La condena' y 'La metamorfosis'

 1912 es un año decisivo en la vida y obra de Kafka. Tanto que, en su devenir, ni la una ni la otra, inextricablemente unidas, resultan comprensibles sin atender a ese tiempo eje. Varias son las razones que validan semejante argumento. En primer lugar, el 13 de agosto de aquel año Kafka conoce a Felice Bauer en casa de los padres de Max Brod. De todas las mujeres que articulan la vida emocional de Kafka, ninguna como Felice retrata no sólo lo que Kafka llegará a ser, sino sobre todo lo que nunca será: esposo, padre, un hombre con raíces. La relación con Felice, su vértigo de compromisos una y otra vez aplazados o rotos, dibuja con singular empeño esa infernal soltería, esa incapacidad (y, a la vez, ese terrible anhelo) para una vida doméstica al uso, que Kafka elevó a rango de inolvidable literatura.
Pero no solo la vida sentimental deKafka queda marcada para siempre en 1912. También su vocación como escritor, su pasión y condena literaria, se cincelan aquel año. Tres datos bastan para confirmar dicha idea. A finales de 1912, Kafka ve publicado su primer libro: las prosas de Betrachtung, conocidas entre nosotros como Contemplación, un título sin duda menor pero no por ello menos crucial para la historia íntima de la literatura. Con todo, esta publicación no es lo más importante en el terreno creativo del año del que hablamos. Porque dos sucesos de hondísima significación marcan su trabajo en esas fechas.
De un lado, la revelación del "lugar natural" de la escritura de Kafka: la noche, el insomnio, las tinieblas en las que el autor de Praga desarrollará la parte del león de su trabajo. La noche del 22 al 23 de septiembre de 1912, a lo largo de ocho horas ininterrumpidas de escritura, Kafka factura La condena, uno de los textos capitales para comprender la visión del mundo del narrador checo. Y lo hace en un estado casi mediúmnico, acaso sólo comparable al que embargará a Pessoa una noche de marzo de 1914 al pergeñar cincuenta poemas deEl cuidador de rebaños. Poseído por un dios feroz y a la vez dadivoso, Kafka descubre aquella noche cuál será a partir de entonces su relación con la literatura. Mientras los demás duerman el sueño de los justos, descansando de sus afanes y miserias, él volcará su inquietante universo en interminables veladas que, como un motivo opaco, dibujan una de las telas mayores de la literatura de todos los tiempos.
Su vocación como escritor, su pasión y condena literaria, se cincelan aquel año
El último eslabón literario para contemplar 1912 como año de gracia en la vida de Kafka es el más conocido. Entre el 17 de noviembre y el 7 de diciembre de 1912, en apenas tres semanas, Kafka escribe uno de los textos decisivos de la sensibilidad occidental del siglo veinte, y con pocas dudas el fragmento que con mayor hondura ha reflejado el angstdel sujeto contemporáneo: durante veinte fecundas noches, en la Niklasstrasse de Praga, nuestro hombre redacta, para asombro de las generaciones futuras, La metamorfosis.
En puridad, no se puede prescindir de Kafka para entender en qué se ha convertido la literatura durante el pasado siglo. En 1964, en un ensayo justamente célebre, La locura, la ausencia de obra, Foucault asegura que "es tiempo ya de comprender que el lenguaje de la literatura no se define por lo que dice, ni tampoco por las estructuras que lo hacen significante, sino que tiene un ser y que es este ser lo que hay que interrogar". La conclusión de Foucault al respecto de este problema es rotunda: "El ser de la literatura, tal como se manifiesta desde Mallarmé y llega hasta nosotros, alcanza la región donde, desde Freud, tiene lugar la experiencia de la locura". Así, el demiurgo de la literatura dialoga con esa instancia que dice todo lo que nuestra vida reglamentada, formalista, constreñida por la prevención y las costumbres, calla. La intuición foucaultiana tiene notables adeptos: "En este siglo", escribe DeLillo en Los nombres, "el escritor ha sostenido una conversación con la locura. Casi podríamos decir que el escritor del siglo veinte aspira a la locura. Para un escritor, la locura es la destilación última de sí mismo, una versión final. Equivale a apagar el sonido de las voces falsas".
Como ese espejo deformante y audaz en que se refleja el escritor, Kafka resulta inagotable e ineludible. No sólo su apellido ha pasado a las lenguas cultas del mundo para definir una situación determinada (lo kafkiano), sino que su personalidad y su obra han legitimado el nacimiento de lo que, a falta de un nombre mejor, se denominakafkología. La nómina de intelectuales que han prestado su talento a desentrañar las circunstancias de esta ciencia de lo kafkiano, de este logos interminable, es abrumadora. Sin ánimo exhaustivo, basta recordar los nombres de Theodor Adorno, Walter Benjamin, Elias Canetti, Milan Kundera, Robert Musil, Marthe Robert, Jean Starobinski e incluso David Foster Wallace, quien en 1999 dedicó al humor en Kafka un brevísimo ensayo, el iluminador Algunos comentarios sobre lo gracioso que es Kafka, de los cuales probablemente no he quitado bastante, recogido en Hablemos de langostas.
Su obra, cien años después, nos sigue interrogando, conmoviendo y desconcertando
Los compromisos emocionales, el carácter sagrado de la escritura, la perspectiva de la locura y, en resumidas cuentas, todo el elenco avasallador del pathos de Kafka nos interrogan con fuerza en el último estudio sobre el autor vertido a nuestra lengua, el ensayo de Pietro Citati concisamente titulado Kafka, que publicado por Acantilado recoge la edición italiana de Adelphi de 2007, a la que el erudito florentino añade nuevas consideraciones y material inédito respecto al original de 1986. Contempla aquí Citati a Kafka a través de su relación con las mujeres (Felice, por descontado, pero también Milena y su última compañera, la jovencísima Dora Diamant), a través de su vínculo con la escritura en su doble dimensión de don y de fatalidad, y a través de un puñado de obras mayúsculas: sus tres novelas (El desaparecidoEl proceso y El castillo), algunos relatos extraordinarios (Durante la construcción de la muralla chinaLa madriguera e Investigaciones de un perro) y los fascinantes Aforismos de Zürau, sublimación del genio y el padecimiento kafkianos.
El resultado, discutible en ocasiones (la lectura abiertamente “teológica” que Citati propone de Kafka parece a menudo forzada), memorable en otras (la conversión de Kafka en personaje casi novelesco es notabilísima), redunda en todo caso en la convicción expresada por Adorno en sus Apuntes sobre Kafka: “El momento de la respuesta, al que todo apunta en Kafka, es aquel en que los hombres se dan cuenta de que no son sino cosas”. Y es que, siempre moderno, irreductible a un único punto de vista, enigmático en definitiva como todo gran creador, Kafka amaneció a la eternidad de la literatura hace ahora un siglo. Su obra, cien años después, nos sigue interrogando, conmoviendo y desconcertando con la enormidad de lo imperecedero.
*Ricardo Menéndez Salmón es autor de novelas como La ofensa y La luz es más antigua que el amor (ambas en Seix Barral)

martes, 5 de abril de 2011

João Guimarães Rosa - continuación

[João Guimarães Rosa


La tercera orilla del río (continuación)

http://youtu.be/1rlnrqlRscY


Nuestro padre era hombre cumplidor, de orden, positivo; y así había sido desde muy joven y aún de niño, según me testimoniaron diversas personas sensatas, cuando les pedí información. De lo que yo mismo me acuerdo, él no parecía más raro ni más triste que otros conocidos nuestros. Sólo tranquilo. Nuestra madre era quien gobernaba y peleaba a diario con nosotros -mi hermana, mi hermano y yo. Pero sucedió que, cierto día, nuestro padre mandó hacerse una canoa.
Iba en serio. Encargó una canoa especial, de madera de viñátigo, pequeña, sólo con la tablilla de popa, como para caber justo el remero. Pero tuvo que fabricarse toda con una madera escogida, fuerte y arqueada en seco, apropiada para que durara en el agua unos veinte o treinta años. Nuestra madre maldijo la idea. ¿Sería posible que él, que no andaba en esas artes, se fuera a dedicar ahora a pescatas y cacerías? Nuestro padre no decía nada. Nuestra casa, por entonces, aún estaba más cerca del río, ni a un cuarto de legua: el río por allí se extendía grande, profundo, navegable como siempre. Ancho, que no podía divisarse la otra ribera. Y no puedo olvidarme del día en que la canoa estuvo lista.
Sin pena ni alegría, nuestro padre se caló el sombrero y nos dirigió un adiós a todos. No dijo otras palabras, no tomó fardel ni ropa, no hizo ninguna recomendación. Nuestra madre, nosotros pensamos que iba a bramar, pero permaneció blanca de tan pálida, se mordió los labios y gritó: “Se vaya usted o usted se quede, no vuelva usted nunca”. Nuestro padre no respondió. Me miró tranquilo, invitándome a seguirle unos pasos. Temí la ira de nuestra madre, pero obedecí en seguida de buena gana. El rumbo de aquello me animaba, tuve una idea y pregunté: “Padre, ¿me lleva con usted en su canoa?”. Él sólo se volvió a mirarme, y me dio su bendición, con gesto de mandarme a regresar. Hice como que me iba, pero aún volví, a la gruta del matorral, para enterarme. Nuestro padre entró en la canoa y desamarró, para remar. Y la canoa comenzó a irse -su sombra igual como un yacaré, completamente alargada.
Nuestro padre no volvió. No se había ido a ninguna parte. Sólo realizaba la idea de permanecer en aquellos espacios del río, de medio en medio, siempre dentro de la canoa, para no salir de ella, nunca más. Lo extraño de esa verdad nos espantó del todo a todos. Lo que no existía ocurría. Parientes, vecinos y conocidos nuestros se reunieron en consejo.
Nuestra madre, avergonzada, se comportó con mucha cordura; por eso, todos habían pensado de nuestro padre lo que no querían decir: locura. Sólo algunos creían, no obstante, que podría ser también el cumplimiento de una promesa; o que nuestro padre, quién sabe, por vergüenza de padecer alguna fea dolencia, como es la lepra, se retiraba a otro modo de vida, cerca y lejos de su familia. Las voces de las noticias que daban ciertas personas -caminantes, habitantes de las riberas, hasta de lo más apartado de la otra orilla- decían que nuestro padre nunca se disponía a tomar tierra, ni aquí ni allá, ni de día ni de noche, de modo que navegaba por el río, libre y solitario. Entonces, pues, nuestra madre y nuestros parientes habían establecido que el alimento que tuviera, oculto en la canoa, se acabaría; y él, o desembarcaba y se marchaba, para siempre, lo que se consideraba más probable, o se arrepentía, por fin, y volvía a casa.
Se engañaban. Yo mismo trataba de llevarle, cada día, un poco de comida robada: la idea la tuve, después de la primera noche, cuando nuestra gente encendió hogueras en la ribera del río, en tanto que, a la luz de ellas, se rezaba y se le llamaba. Después, al día siguiente, aparecí, con dulce de caña, pan de maíz, penca de bananas. Espié a nuestro padre, durante una hora, difícil de soportar: solo así, él a lo lejos, sentado en el fondo de la canoa, detenida en la tabla del río. Me vio, no remó para acá, no hizo ninguna señal. Le mostré la comida, la dejé en el hueco de piedra del barranco, a salvo de alimaña y al resguardo de lluvia y rocío. Eso, que hice y rehice, siempre, durante mucho tiempo. Sorpresa que tuve más tarde: que nuestra madre sabía de ese mi afán, sólo que simulando no saberlo; ella misma dejaba, a la mano, sobras de comida, a mi alcance. Nuestra madre no era muy expresiva.
Mandó venir a nuestro tío, hermano de ella, para ayudar en la hacienda y en los negocios. Mandó venir al maestro, para nosotros, los niños. Le pidió al cura que un día se revistiera, en la playa de la orilla, para conjurar y gritarle a nuestro padre el deber de desistir de la loca idea. En otra ocasión, por decisión de ella, vinieron dos soldados. Todo lo cual no sirvió de nada. Nuestro padre pasaba de largo, a la vista o escondido, cruzando en la canoa, sin dejar que nadie se acercara a agarrarlo o a hablarle. Incluso cuando fueron, no hace mucho, dos periodistas, que habían traído la lancha y trataban de sacarle una foto, no habían podido: nuestro padre desaparecía hacia la otra banda, guiaba la canoa al brezal, de muchas leguas, el que hay, por entre juncos y matorrales, y sólo él lo conocía, palmo a palmo, en la oscuridad, por entonces.
Tuvimos que acostumbrarnos a aquello. Apenas, porque a aquello, en sí, nunca nos acostumbramos, de verdad. Lo digo por mí que, cuando quería y cuando no, sólo en nuestro padre pensaba: era el asunto que andaba tras de mis pensamientos. Lo difícil era, que no se entendía de ninguna manera, cómo él aguantaba. De día y de noche, con sol o aguaceros, calor, escarcha, y en los terribles fríos del invierno, sin abrigo, sólo con el sombrero viejo en la cabeza, durante todas las semanas, y meses y años -sin darse cuenta de que se le iba la vida. No atracaba en ninguna de las dos riberas, ni en las islas y bajíos del río; no pisó nunca más ni tierra ni hierba. Aunque, al menos, para dormir un poco, él amarrara la canoa en algún islote, en lo escondido. Pero no armaba una hoguerita en la playa, ni disponía de su luz ya encendida, ni nunca más rascó una cerilla. Lo que comía era un apenas; incluso de lo que dejábamos entre las raíces de la ceiba o en el hueco de la piedra del barranco, él recogía poco, nunca lo bastante. ¿No enfermaba? Y la constante fuerza de los brazos, para mantener la canoa, resistiendo, incluso en el empuje de las crecidas, al subir el río, ahí, cuando al impulso de la enorme corriente del río, todo forma remolinos peligrosos, aquellos cuerpos de bichos muertos y troncos de árbol descendiendo -de espanto el encontronazo. Y nunca más habló ni una palabra, con nadie. Tampoco nosotros hablábamos de él. Sólo se pensaba en él. No, de nuestro padre no podíamos olvidarnos; y si, en algunos momentos, hacíamos como que olvidábamos, era sólo para despertar de nuevo, de repente, con su recuerdo, al paso de otros sobresaltos.
Mi hermana se casó; nuestra madre no quiso fiesta. Pensábamos en él cuando comíamos una comida más sabrosa; así como, en el abrigo de la noche, en el desamparo de esas noches de mucha lluvia, fría, fuerte, nuestro padre con sólo la mano y una calabaza para ir achicando la canoa del agua del temporal. A veces, algún conocido nuestro notaba que yo me iba pareciendo a nuestro padre. Pero yo sabía que él ahora se había vuelto greñudo, barbudo, con las uñas crecidas, débil y flaco, renegrido por el sol y la pelambre, con el aspecto de una alimaña, casi desnudo, apenas disponiendo de las ropas que, de vez en cuando, le dejábamos.
Ni quería saber de nosotros, ¿no nos tenía cariño? Pero, por el cariño mismo, por respeto, siempre que, a veces, me elogiaban por alguna cosa bien hecha, yo decía: “Fue mi padre el que un día me enseñó a hacerlo así…”; lo que no era cierto, exacto, sino una mentira piadosa. Porque, si él no se acordaba más, ni quería saber de nosotros, ¿por qué, entonces, no subía o descendía por el río, hacia otros lugares, lejos, en lo no encontrable? Sólo él sabría. Pero mi hermana tuvo un niño, ella se empeñó en que quería mostrarle el nieto. Fuimos, todos, al barranco; fue un día bonito, mi hermana con un vestido blanco, que había sido el de la boda, levantaba en los brazos a la criaturita, su marido sostenía, para proteger a los dos, la sombrilla. Le llamamos, esperamos. Nuestro padre no apareció. Mi hermana lloró, todos nosotros lloramos allí, abrazados.
Mi hermana se mudó, con su marido, lejos de aquí. Mi hermano se decidió y se fue, a una ciudad. Los tiempos cambiaban, en el rápido devenir de los tiempos. Nuestra madre acabó yéndose también, para siempre, a vivir con mi hermana; ya había envejecido. Yo me quedé aquí, el único. Yo nunca pude querer casarme. Yo permanecí, con las cargas de la vida. Nuestro padre necesitaba de mí, lo sé -en la navegación, en el río, en el yermo-, sin dar razón de sus hechos. O sea que, cuando quise saber e indagué en firme, me dijeron que habían dicho que constaba que nuestro padre, alguna vez, había revelado la explicación al hombre que le había preparado la canoa. Pero, ahora, ese hombre ya había muerto; nadie sabría, aunque hiciera memoria, nada más. Sólo en las charlas vanas, sin sentido, ocasionales, al comienzo, en la venida de las primeras crecidas del río, con lluvias que no escampaban, todos habían temido el fin del mundo, decían que nuestro padre había sido elegido, como Noé, que, por tanto, la canoa él la había anticipado; pues ahora medio lo recuerdo. Mi padre, yo no podía maldecirlo. Y ya me apuntaban las primeras canas.
Soy hombre de tristes palabras. ¿De qué era de lo que yo tenía tanta, tanta culpa? Si mi padre siempre estaba ausente; y el río-río-río, el río - perpetuo pesar. Yo sufría ya el comienzo de la vejez -esta vida era sólo su demora. Ya tenía achaques, ansias, por aquí dentro, cansancios, molestias del reumatismo. ¿Y él? ¿Por qué? Debía padecer demasiado. De tan viejo, no habría, día más día menos, de flaquear su vigor, dejar que la canoa volcara o que vagara a la deriva, en la crecida del río, para despeñarse horas después, con estruendo en la caída de la cascada, brava, con hervor y muerte. Me apretaba el corazón. Él estaba allá, sin mi tranquilidad. Soy el culpable de lo que ni sé, de un abierto dolor, dentro de mí. Lo sabría -si las cosas fueran otras. Y fui madurando una idea.
Sin mirar atrás. ¿Estoy loco? No. En nuestra casa, la palabra loco no se decía, nunca más se dijo, en todos aquellos años, no se condenaba a nadie por loco. Nadie está loco. O, entonces, todos. Lo único que hice fue ir allá. Con un pañuelo, para hacerle señas. Yo estaba totalmente en mis cabales. Esperé. Por fin, apareció, ahí y allá, el rostro. Estaba allí, sentado en la popa. Estaba allí, a un grito. Le llamé, unas cuantas veces. Y hablé, lo que me urgía, lo que había jurado y declarado, tuve que levantar la voz: “Padre, usted es viejo, ya cumplió lo suyo… Ahora, vuelva, no ha de hacer más… Usted regrese, y yo, ahora mismo, cuando ambos lo acordemos, yo tomo su lugar, el de usted, en la canoa...”. Y, al decir esto, mi corazón latió al compás de lo más cierto.
Él me oyó. Se puso en pie. Movió el remo en el agua, puso proa para acá, asintiendo. Y yo temblé, con fuerza, de repente: porque, antes, él había levantado el brazo y hecho un gesto de saludo -¡el primero, después de tantos años transcurridos! Y yo no podía… De miedo, erizados los cabellos, corrí, huí, me alejé de allí, de un modo desatinado. Porque me pareció que él venía del Más Allá. Y estoy pidiendo, pidiendo, pidiendo perdón.
Sufrí el hondo frío del miedo, enfermé. Sé que nadie supo más de él. ¿Soy un hombre, después de esa traición? Soy el que no fue, el que va a quedarse callado. Sé que ahora es tarde y temo perder la vida en los caminos del mundo. Pero, entonces, por lo menos, que, en el momento de la muerte, me agarren y me depositen también en una canoíta de nada, en esa agua que no para, de anchas orillas; y yo, río abajo, río afuera, río adentro -el río.
FIN
"A terceira margem do rio",
Primeiras estórias, 1962